Moriré a los 18. Viviré a los 50.
Cuando tenía quince años estaba convencido de que moriría antes de los dieciocho. Dentro de mí existía una pesada certeza que crecía y se expandía poco a poco por todas mis extremidades. Una verdad escrita en piedra, como afirmar que el Sol saldrá mañana por el Este. Yo abordaba este hecho con la tranquilidad y la entereza de alguien que en realidad no se sentía muy vivo de por sí. Por aquel entonces me movía por mi día a día como una carcasa vacía, síntoma de una disfórica transexualidad latente que aún desconocía, y describía a menudo mi existencia como un avance por inercia allá donde me arrastrara la corriente.

Un día cumplí dieciocho años y descubrí que no había muerto. Como quien despierta de un sueño, me encontré empezando una carrera que había elegido por "descarte", intentando mantenerme a flote en una vida de adulto que nunca había llegado a visualizar y para la cual no estaba preparado. Al nauseabundo movimiento de ser lanzado repentinamente a la realidad, se le sumó el diagnóstico de cáncer de mi madre. Ahí estaba yo, luchando por escapar de una situación familiar asfixiante en un momento en el que huir era considerada la traición más rastrera posible y mientras se me echaba en cara esa ausencia, yo intentaba, día tras día, ponerme el traje de persona normal -que siempre me había quedado demasiado grande- hasta que nadie miraba. Solo entonces podía hacerme lo más pequeño posible y soñar con desaparecer. En retrospectiva, es posible que una parte de mí muriera entonces.
A los diecinueve, una noche de verano después de mucha represión, soñé que era yo . Un yo transicionado. Al igual que en un parto, me sentí (re)nacer con la violencia de lo desconocido. La diferencia es que entonces nadie me cogió en brazos. No hubo consuelo en la piel, no hubo arrullo ni bienvenida. Es complicado reconciliarse con la idea de que eres alguien nuevo cuando aún, en alguna parte de tu mente, estás esperando la muerte. Uno no está acostumbrado a ser, a ocupar espacio, a querer. Cualquier necesidad se convierte en un mundo. Pedir que la gente se refiera a ti por otros pronombres, que te bautice por otro nombre o, peor, pedir que te vean de otra forma y confiar en que lo hagan.
Se produjo entonces también otro cambio. Primero había sido "moriré pronto", después se convirtió en "empezaré a vivir cuando mi madre se recupere" y, por desgracia, terminó siendo "viviré cuando mi madre muera".
Existe algo profundamente desgarrador en mirar atrás y darte cuenta de que has pasado los años más libres de tu vida no siendo. Dostoevsky escribió "your worst sin is that you have destroyed and betrayed yourself for nothing". Creo que es aún peor descubrirte haciéndolo incluso después de haber deseado cambiar. Empecé a transicionar un año tras la muerte de mi madre, a punto de cumplir los veinticinco. No sé cómo llega uno a superar el duelo por el tiempo perdido.

Hace poco mi hermano me preguntó que por qué no me había comprado todavía un reproductor de vinilos (llevo meses hablando de pillar uno). Respondí que cuando tuviera un sitio propio donde dejarlo. Desde que morí a los 18 me he mudado siete veces. A finales de año será la octava, quizás un poco más tarde si tuviera suerte. Mis amigues se sorprenden cuando lo menciono, como si no fuera la realidad de todos. ¿No escuchasteis? IKEA sacó recientemente una colección pensada para llevarse de una casa a otra, para ocupar el menor espacio posible. El capitalismo da a luz a la innovación de la misma forma que un parásito se reproduce: gracias a mi sangre.

"¿A dónde irás después?"
Es ahí cuando vuelvo a caer en las mismas dinámicas de siempre, incapaz de imaginar un futuro en el que pueda mantenerme estable. ¿Cómo voy a verme habitando un espacio ajeno cuando aún estoy aprendiendo a habitar este cuerpo mío?
Con cada mudanza me descubro deseando tener menos cosas, y no solo materiales. Ojalá haber conocido a menos gente, ojalá haber amado menos, ojalá haber construido menos vida. Soy un niño pequeño después de un día de playa, llorando porque nos vamos y la marea está a punto de alcanzar mi castillo de arena.
Durante un tiempo sí que fui capaz de soñar con un futuro estable, ahora directamente fantaseo con una jubilación que probablemente no tenga. Será entonces cuando pueda dedicar tiempo a mi arte o a viajar o a construir comunidad. Eso le pasó a mi padre. Tras seis años haciendo de cuidador él también parece haber renacido. A veces le miro y siento que ahora soy yo más mayor que él. A veces le tengo envidia. Quizás a mí me pase lo mismo, quizás yo también empiece a vivir a los cincuenta.
Y ahora, algunas afirmaciones:
- Mi cuerpo es mío. De vez en cuando me sorprendo pensando en elementos de la masculinidad (o la feminidad) que quiero para mí. Aspectos del ser que nunca antes me habría parado a considerar. Una especie de erotismo que nace de construirme a mí mismo proyectado hacia el exterior. Pensar, por primera vez, "mírame, estoy aquí, mírame".
- Me permito amar aunque sea temporal. Amo de todas las formas posibles y a toda la gente posible. Sin ansiedad, sin prisa.
- Hago arte. Aunque no sea tanto ni tan bueno como me gustaría. Aunque me atasque y me frustre. Aunque me de absoluta vergüenza.
- Ya estoy viviendo.