Fecha de caducidad
Pasar las vacaciones en casa de tus padres -porque ya ni siquiera la llamas tu casa- siempre le hace sentir a uno extraño. Conozco cada recoveco de este lugar y, sin embargo, los tuppers han cambiado de sitio. La contraseña del Wi-Fi es otra. Ahora la leche es entera.
Cada vuelta es una regresión mental a los quince años. Las paredes de mi habitación parecen estar mucho más juntas de lo que yo recordaba. Como si fuera el hogar de un fumador crónico, apestan a los recuerdos pegados a ellas que se deslizan como pequeñas gotas de nicotina. Por las noches me retuerzo en una cama que se quedó pequeña hace ya mucho tiempo. Cierro los ojos y siento que mido diez metros, los brazos me cuelgan por el lateral y mi gata intenta hacerse un hueco entre mis piernas. Cuando sueño, mi ahora se entremezcla con el de antes. Memorias del instituto y el colegio sangran ahora en mis problemas de veinteañero. A veces tengo que trabajar en pequeños pupitres verdes. Otras lloro por un juguete perdido en la universidad. La vergüenza de un niño y la de un adulto no son tan diferentes.
Ayer busqué un orfidal entre las pertenencias de mi padre, para ver si podía dormir sin tener que soñar. Estaban en la mesilla, junto a los condones. Las fotos antiguas de mi madre conviven con las pequeñas notas que le deja su nueva novia. Todo es un recordatorio constante de que las cosas han cambiado. Cada vez que abro la ya de por sí vacía nevera, descubro un nuevo alimento en estado de descomposición. ¿Qué clase de vida hay en este piso cuando no estoy?
Ojalá pudiera aislar mi habitación -refugio de la infancia- del resto del universo. Espacio isométrico en la nada. Pequeño diorama donde no se depositan las motas de polvo. Todos mis libros y mis cuadernos y mis colecciones y mis pensamientos. Sin fecha de caducidad.
Otras veces quiero destruirlo todo, empezar de cero. ¿Si quemo todos mis diarios, seré libre de lo que fui?